miércoles, 15 de agosto de 2007

DOCUMENTOS HISTÓRICOS

EL TRABAJO REPRODUCTIVO Y DOMÉSTICO.
ESE CORRER DEL TIEMPO, SIN TIEMPO, DE LA VIDA FEMENINA.


Desde los albores de la humanidad y a lo largo de los primeros períodos de su desarrollo, paleolítico y Neolítico, la actividad económica de las mujeres se mantuvo adscrita a la sustentación de las necesidades de sobrevivencia. En tal medida, poco se distinguían de las desarrolladas por los hombres, aunque de todos modos hubo ciertos roles cumplidos por los hombres en función de su fuerza y movilidad mayor, como la caza y la pesca y, en el caso de la mujer, la recolección de los frutos, lo que la llevó a descubrir los principios de la agricultura, la ganadería y la medicina.

Con el desarrollo de las Ciudades-Estados en la antigüedad, se instituye la propiedad privada, aparece la esclavitud como fuente de la fuerza productiva y la monogamia como expresión de la propiedad sobre la mujer y su prole. Aparece también la dicotomía espacio privado-espacio público y la mujer será relegada al primero para cumplir con los roles impuestos por aquella sociedad: madre, procreadora, educadora de los niños, administradora del hogar, esto en el caso de las patricias; en el caso de las plebeyas, a sus deberes de maternidad sumarán las de cocina y atención a su marido y prole y garantizarán el vestido, el arreglo de la casa y todas las tareas necesarias a la subsistencia como la provisión de alimentos, agua, leña, etc.

El trabajo en aquella época era ya una actividad obligatoria para los sectores desprovistos de patrimonio y linaje. Dentro de la gente que posee bienes patrimoniales están los nobles, los religiosos y la alta cúpula militar. Todos ellos ejercen funciones de dirección y autoridad sobre la plebe y son rentistas del suelo y mejoran y acrecen su patrimonio con el trabajo de los esclavos a su cargo. El comercio, es ciertamente, una actividad realizada por plebeyos/as y vista con desprecio, aunque en las altas esferas, los caballeros, pronto se insertarán en los grandes negocios del comercio marítimo.

Se suceden varios modos de producción a lo largo de la historia de la humanidad, pero hay una constante en todos ellos, el trabajo doméstico es obligación de las mujeres. El hogar y los hijos son el centro de sus preocupaciones y actividades. Su tarea central es reproducir la especie, aunque muchas mujeres intentan romper este cerco patriarcal y dedicarse a actividades que las enriquezcan espiritualmente como la literatura, las artes, la filosofía, son pocas las que pueden acceder a estos niveles de desarrollo.

En la Edad Media las mujeres diversifican sus actividades, pues a más de las tareas reproductivas tienen que encargarse de laborar en la tierra, de participar en las múltiples actividades para la supervivencia cotidiana, de incursionar en la infinitud de labores artesanales para generar los objetos necesarios para la vida comunitaria.

Poco a poco van mejorando las actividades domésticas, con el desarrollo de las nuevas tecnologías que produce el capitalismo, las cocinas de leña son reemplazadas por las de kerosene, gasolina, y gas, hasta llegar a las modernas cocinas eléctricas. Las planchas utilizadas para la ropa pasarán también por múltiples tecnologías hasta llegar a las modernas que utilizan electricidad y vapor.

Las instalaciones de agua potable y el alcantarillado facilitan a las mujeres y a sus familias el acceso directo al agua en cada hogar, pero esto ocurre en las ciudades, pues todavía en las zonas rurales, de América Latina, de África y otros ámbitos del “Tercer Mundo”, mujeres y hombres siguen obligados a portar el agua desde las vertientes de los ríos hasta sus viviendas. Hay, desde luego un componente de clase en esta problemática del trabajo doméstico que agrava la situación de las mujeres más pobres.

En el segundo Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, realizado en Lima, Perú, en 1983, se instituyó el 22 de julio como la fecha de celebración del "Día del Trabajo Doméstico". Pero, en la mayoría de los 22 de julio, la fecha pasa desapercibida, pues a muy pocas personas les interesa hablar sobre las realidades dolorosas de un tema tan menospreciado, pero tan importante y significativo, no solo para las mujeres del mundo sino para la sociedad en su conjunto.

La primera constatación que habría que realizar, en relación al trabajo doméstico, es la significación del tiempo. En el mundo de la producción capitalista los tiempos son dinámicos, están sometidos a controles, a horarios específicos, el trabajo y el salario están regulados en unidades de trabajo/tiempo. En el trabajo doméstico no existen las regulaciones del tiempo productivo, el tiempo de lo doméstico es circular y por ello casi infinito. Una mujer no sabe cuando va a empezar su trabajo cotidiano ni cuando va a terminar, pueden ser nueve, doce o catorce horas de trabajo continuo.

La enfermedad de un hijo o hija puede alargar la jornada o hacerla intermitente. La llegada tardía de un marido con licor de por medio, puede romper el descanso de la mujer, abruptamente, y convertir la noche en una agitada trifulca. La delicada salud de un abuelo o abuela puede tornarse en desbarajuste de las horas de sueño de la madre de familia y ama de casa.

En los umbrales del siglo XXI, cuando los países del primer mundo han llegado a desarrollar las más sofisticadas armas de guerra y los más ultramodernos artefactos domésticos para sus hogares, la comida precocida, los congelados, todavía subsiste una población mayoritaria, ubicada en el tercer y aún cuarto mundos, en los que millares de mujeres asumen todavía las tareas domésticas en la más absoluta precariedad, desde acarrear el agua en pesadas vasijas, por caminos inhóspitos y a veces intransitables, hasta cocinar en primitivos fogones prehistóricos de leña o carbón o, pilar los granos de la misma forma en que lo hacían nuestras antepasadas.

Ecuador, para nuestra desgracia, es uno de aquellos países que todavía posee mujeres que laboran en las más arcaicas condiciones de salubridad, sin acceso las nuevas tecnologías, sin confort. Para el período 1985-1990, las estadísticas señalaban que existía una población "inactiva" femenina del 75%, contra una población del 25% supuestamente productiva. Datos que mueven a risa, si tomamos en cuenta los nuevos criterios que hoy esgrimimos las mujeres con relación al trabajo doméstico.

Ese 75% de mujeres ecuatorianas (desde los 10 años) incluyen a amas de casa y a estudiantes. Las primeras trabajan muchas más horas y realizan tareas más tediosas y -en ocasiones- más duras que el resto de la población, atienden sus hogares, sin devengar un salario, sin tener acceso a la seguridad social, sin tener derecho a días de fiesta o a vacaciones anuales, sin derecho a asociación o a capacitación. Pero como las madres y/o amas de casa no producen objetos concretos y visibles para la venta o para la exportación, no son consideradas productivas en términos de la jerga económica vigente en nuestras estadísticas. Las segundas, en edad escolar, seguramente no se escapan de sus labores en el hogar.

Las mujeres "activas", durante la década de los años 70, se ocupaban en el área de servicios (comercio, transportes, alojamiento, comida y limpieza, etc) en la que participaba un 60%, (como podemos observar en su mayor parte, oficios muy parecidos a los domésticos), en la industria lo hacían un 25% y en la agricultura un 15% de la PEA femenina.

Para 1982, había un 60% de amas de casa en el Ecuador, contempladas dentro de las estadísticas como personas no activas en la economía. Sin embargo, el movimiento de mujeres surgido en las últimas décadas, ha reivindicado el hecho de que ese trabajo doméstico realizado por las mujeres tiene un valor económico incalculable y contribuye al trabajo productivo y al enriquecimiento del país, porque garantiza la producción y reproducción de uno de los recursos productivos más importantes: la fuerza de trabajo.

La explicación es muy sencilla: ¿Qué pasaría si las mujeres no elaboraran la comida para la alimentación de los trabajadores fabriles, o de los agricultores, o de los comerciantes o de los informales? Qué pasaría si las mujeres no lavaran y plancharan su ropa, no atendieran a sus hijos en todas sus necesidades vitales? Sencillamente, ocurriría que o los trabajadores varones tendrían que cumplir con todas esas tareas, lo cual les robaría tiempo y energías vitales para el cumplimiento de su jornada de trabajo asalariada o tendrían que pagar a terceros por esos servicios y entonces ese gasto tendría que ser contemplado dentro del salario que percibe. ¿Cuánto dinero se ahorra entonces el empresario que paga el salario a sus empleados o trabajadores, pero no cubre el valor de todas esas actividades femeninas que permiten al trabajador vestirse, alimentarse, descansar, levantarse y salir a cumplir con su diaria jornada?

Del mismo modo, que las mujeres han contribuido a la acumulación originaria de capital con el trabajo doméstico silencioso y no remunerado, las mujeres hemos aportado milenariamente a la humanidad con nuestros vientres, procreando la futura mano de obra, la amamantamos, la alimentamos y cuidamos hasta que está en edad de producir. Y quién ha reconocido jamás este trabajo? ¿Quién ha remunerado este trabajo que no tiene horarios ni seguridad social?

Nos preguntamos entonces: ¿Qué pasaría si como una estrategia de rebeldía las mujeres nos negáramos a tener hijos? La respuesta es evidente: se disminuiría la fuerza de trabajo, como ya está ocurriendo en los países desarrollados, en los que han disminuido drásticamente los índices de fecundidad y se han visto obligados a captar fuerza de trabajo migrante, como ocurre actualmente en Alemania, en la población infanto-juvenil ha disminuido y va en aumento la población de ancianos y ancianas.

Hay una destacada teórica feminista, Claudia Von Werlholf, que plantea que, las mujeres cargaron a la espalda con una parte considerable de trabajo silencioso para la acumulación originaria del capital, porque parieron y garantizaron la fuerza de trabajo que se requería para el gran desarrollo de la industria capitalista y como únicamente el trabajo humano es el que, según Carlos Marx, confiere plusvalor a las mercancías, las mujeres tendríamos a nuestro haber esa tarea de reproducir la fuerza de trabajo, que habría producido toda la riqueza existente en el planeta. Fuerza de trabajo que depende de la atención y calidad recibida de su madre no sólo durante los 9 meses del embarazo y durante los primeros años de vida, sino durante toda la infancia y primeros años de juventud.

Podríamos también interrogarnos sobre otros temas que develan el inmenso sacrificio de las mujeres al haber sido relegadas por la sociedad patriarcal al ámbito de lo privado y lo doméstico: Se podría contabilizar en términos de costos de producción de la fuerza de trabajo lo que las mujeres aportamos a la sociedad.

Se podría calcular lo que las mujeres dejamos de percibir en un trabajo asalariado para dedicarnos al trabajo doméstico y la pérdida, que en esos mismos términos, significaría el no-acceso de las mujeres a una educación profesional o técnica, y en esa medida, la no-concurrencia a un trabajo calificado y asalariado, la no participación en la toma de decisiones políticas que afectan a la totalidad de la población.

Si tomamos en cuenta que las mujeres somos el 50% de la población, estamos hablando de un porcentaje altísimo de explotación del trabajo doméstico femenino no remunerado.

Ese es el meollo del asunto, el gran sacrificio, la injusticia que para las mujeres representó durante siglos y, representa actualmente, el ocuparse de las tareas domésticas y no tener acceso a una buena educación, a un trabajo lucrativo, a una vida con mayor dignidad y más satisfacciones, a una existencia plena, a la participación en la vida social, política y cultural del país.

El no tener derecho a decidir como sujeto y ser tratada desde la más tierna infancia como mula de carga, como la esclava que está destinada por leyes ancestrales para el servicio de los demás, sin tener derecho siquiera a un reconocimiento, pues la sociedad ha interiorizado desde tiempos antiguos la obligatoriedad del servicio doméstico de la mujer, como un destino impuesto en razón de la biología, que nos convirtió en las reproductoras y paridoras de la especie, a partir de un supuesto mandato divino.

¿Quién podría devolvernos ahora todo el tiempo perdido?. Devolvernos los siglos enteros que nos robaron en términos de formación personal, de aportes a la civilización, de participación en la elaboración y desarrollo de las ciencias, de la construcción de un pensamiento científico, de aportes a las diversas culturas, de las posibilidades de poder incidir en los destinos de los pueblos, por ejemplo, impidiendo las guerras y las masacres, productos de la agresividad tan característica de nuestras sociedades patriarcales, basadas en la apropiación a través del monopolio de la riqueza, en la imposición del poder a partir de la fuerza, en el discurso falso del progreso lineal de los pueblos, que no garantizó jamás la equidad?

Fue así como a través de un largo y complejo proceso de imposición de poderes en el largo camino de construcción de la historia de la humanidad, los varones que dirigían los destinos de los pueblos fueron imponiendo a través de la violencia y la coacción social y, posteriormente, a través de las leyes y la ideología, una serie de mitos y normas respecto a la inferioridad de la mujer y a sus roles inmutables e inamovibles de reproductoras y sirvientas del género humano.

Solo así se puede explicar que, durante milenios las mujeres hubiesen aceptado y soportado, no sin rebeliones y protestas individuales, desde luego, la dura e ingrata tarea de servir a los demás, careciendo de la mayoría, sino de todos los derechos humanos, tales como la remuneración económica y el reconocimiento de dicho ejercicio como oficio digno y respetable, derechos que ahora a fines del siglo XX, han sido proclamados de manera discursiva como parte indispensable de la calidad de vida de los seres humanos del planeta, aunque aún disten mucho de ser cumplidos de manera eficaz por la totalidad de los pueblos de la tierra.

Por todo esto, una condición -sine qua non- para lograr una revolución económica, para la construcción de un modelo económico alternativo, solidario, incluyente, desconcentrador y redistributivo de la riqueza, es reconocer esta situación de violencia y opresión contra las mujeres, reconocer la deuda social que los Estados adquirieron con las mujeres a lo largo de varios siglos, reconocer que sin equidad no puede haber democracia real, y que deben establecerse los correctivos necesarios para garantizar a las mujeres el reconocimiento del valor social y económico del trabajo reproductivo y doméstico, establecer para las madres y/o amas de casa, seguridad social, igualdad de oportunidades para su desarrollo, visibilización de su aporte económico en las cuentas del Estado e incorporación de la equidad de género en los presupuestos estatales.

Solo la equidad podrá salvar al mundo de la destrucción inexorable que el patriarcado y el capitalismo han llevado a cabo en los últimos siglos, al desmantelar el planeta con una explotación abusiva de los recursos naturales no renovables y renovables y al conducir a los países a permanentes conflictos inter-imperialistas, a guerras en contra de los países de economías dependientes y a conflagraciones mundiales y regionales.

2 comentarios:

Mujeres.Net dijo...

Hola Jenny!
Te envío un cordial saludo y quería preguntarte si puedo republicar tu texto en mi sitio... visítalo y dime qué opinas.
Un abrazo
*Elsa

Jenny Londoño dijo...

Querida Elsa: Agradezco tu interés en publicar mi artículo en tu página web. La visité y está excelente! Acepto y pondré un link para que visiten tu página. Un abrazo.
Jenny Londoño