jueves, 24 de abril de 2008

LAS MUJERES Y LA PALABRA

Dentro de los elementos básicos de la formación de una estructura cultural y social está el lenguaje. No solo es la herramienta fundamental de comunicación y socialización, con la cual aprendemos los usos, las costumbres, las normas morales, los límites y las fronteras de nuestra libertad en las inter-relaciones con los otros, sino que es el instrumento de una estructuración del inconsciente. Al respecto, dice Marta Lamas: "Desde la perspectiva psicoanalítica de Lacán, el acceso del sujeto al uso de una estructura de lenguaje, que lo precede, coincide con la organización y establecimiento de su inconsciente. De ahí que para Lacán, el inconsciente y el lenguaje están inextricablemente ligados. ; ; .

Quizá por ese devastador poder del lenguaje, la mujer fue reprimida y restringida en el uso de la palabra, durante largos siglos. En efecto, como parte de las restricciones acumuladas históricamente sobre ella, se le limitó e incluso impidió el uso de la oralidad, el derecho a utilizar el lenguaje como forma de expresión humana básica y elemental. Parte de ello, fue la prohibición de hablar en público, de expresar sus sentimientos o pensamientos ante otros, e incluso de denunciar las injurias o daños que otros le propinaban. El patriarcalismo le impuso guardar silencio aún ante los más desgarradores abusos, tales como la violación ejercida por el padre, por un tío, un hermano, o cualquier otro miembro de la familia, la violencia sufrida a manos del cónyuge, una violación múltiple, un chantaje sexual, etc. El silencio era parte del ritual de aceptación de la inferioridad y del sometimiento.

Y si se reprimía la voz de las mujeres, aunque en la privacidad del hogar fuesen, en ocasiones, consultadas, se reprimió con mayor fuerza la posibilidad de que ellas aprendieran a leer o escribir, pues en el poder de la palabra, oral o escrita radicaba toda la supremacía de las sociedades patriarcales, que a través de las leyes y normas consuetudinarias consagró relaciones inequitativas de género entre hombres y mujeres, identificando la voluntad masculina de unos pocos como la voluntad absoluta de los pueblos y naciones. Y justificando ese poder por la voluntad de la divinidad: “Todo poder viene de dios”. Así lo masculino se convirtió en el polo dominante de la relación binaria: hombre-mujer, y todo lo femenino fue asimilado a la naturaleza, mientras lo masculino era identificado con la cultura. El hombre, número uno de esa oposición binaria, se relacionó con fortaleza, poder, creación, inteligencia, actividad, y la número dos: la mujer, con debilidad, dependencia, intuición, ternura, incapacidad de abstracción.

LAS MUJERES Y LA ORALIDAD

En el espacio público, en el ámbito del Estado, en lo social, en la iglesia o en la casa familiar, los varones tuvieron la preeminencia de la palabra. Erdwin Ardener explicó este fenómeno como parte de su teoría de "los grupos silenciados", que son la contraparte oprimida de los grupos socialmente dominantes. Estos últimos controlan los espacios y mecanismos de la comunicación y el lenguaje y obligan a los grupos subalternos a expresarse a través de los modos de expresión privilegiados por la estructura dominante. En ese grupo de silenciados siempre estuvo la mujer. Dentro de las estructuras lingüísticas desarrolladas por la sociedad androcéntrica, las mujeres no pueden expresar su propia visión del mundo. Su palabra es desvalorizada, deformada, silenciada.

Pero, ante la negación de la palabra escrita, ante la negación del derecho a opinar, la oralidad de la mujer asumió la fuerza telúrica de su interioridad insatisfecha. Su arma de resistencia pasó a ser su capacidad para escuchar y para contar; su increíble facilidad para describir, para manifestar con detalle todo lo que veía, para captar de manera intuitiva lo que estaba detrás de las gentes y de las apariencias.

Verena Aebischer lo ilustra con imágenes: “Sería imposible expresar mejor el hecho de que la palabra es una piel simbólica, un nexo entre el individuo y la comunidad: la palabra es siempre simiente de otra palabra. Los textos son prolijos, testimonios seguros de una excelencia narrativa, pero sobre todo, de una instancia de la palabra que gobierna el mundo. En efecto: la mujer tiene poderes desorbitados. Gula de la palabra: a la vez de la escucha de la palabra ajena y del ejercicio de la palabra propia. La palabra glotona es ante todo un oído glotón, empresa de concentración de los saberes de cada uno.”

El uso de la palabra convirtió a la mujer en un ser temido y, a la vez, vilipendiado. La tradicional costumbre de las mujeres a comentar entre ellas lo que pasaba en el trasfondo de la vida familiar y conyugal, fue reprimida a través de largos siglos, pero ello no logró que la oralidad de la mujer disminuyera.

La estrategia inconsciente de resistencia de la mujer a sus grandes frustraciones, a su relegamiento, se realizaba a través de la conversación, convirtiéndose en una cadena interminable que llevaba y traía aquella información subrepticia, clandestina, que los hombres -seres respetables y respetados- no querían hacer pública. Sacaban a la luz las miserias más escondidas de aquellos que en las apariencias querían fungir de perfectos caballeros, de buenos esposos, de seres generosos, religiosos y humanos. Ella era hábil para entretejer los delicados hilos de una telaraña de palabras que llevan la ponzoña de su resentimiento y el desahogo de su dolor:

“Como un cazador emboscado, así acecha la mujer. Su estrategia es hábil, su palabra de miel seduce, la mujer embauca, el mal está hecho. He aquí desvelado el secreto. A partir de este momento, la coraza masculina es frágil: el secreto se convierte en palabra pública. Diabólicamente poseída por el deseo de captarlo todo, de almacenarlo todo, la mujer se revela incapaz de gestionar el saber conquistado, se despoja del mismo, lo divulga...”

La mujer no utiliza, pues, ese instrumento que le fue negado siempre, como posibilidad de equiparación social, como mecanismo de negociación, como un recurso de regateo, como estrategia de supervivencia. Sólo masculla, comenta en voz baja y su palabra viaja de mujer en mujer, de boca en boca y recorre el entorno y se convierte en una cierta venganza. Y aunque la hayan hecho callar una y mil veces, la palabra de la mujer está ahí, oculta, rastrera, clandestina, retadora y temible, aunque aún, hasta ahora, la manden a callar, la silencien a golpes o con el amedrentamiento soterrado de una mirada asesina o la descalifiquen, en el paroxismo de una agresión sicológica, con el gastado epíteto de ignorante o le espeten que habla más de la cuenta o le griten que, simplemente, está loca.

LAS MUJERES Y LA PALABRA ESCRITA

En el largo proceso histórico de segregación de la mujer del espacio público, en ese prolongado confinamiento entre los barrotes de lo cotidiano, ella fue impedida, de acceder a la educación, de participar del acto fundamental del aprendizaje: la lectura y la escritura. Apenas unas pocas familias ilustradas de la colonia, disfrutaron de preceptores privados que les enseñaban en sus propios hogares, razón por la cual fueron tan pocas las mujeres que, en la época colonial, se atrevieron a escribir. La mayoría de quienes tuvieron acceso al aprendizaje lo utilizaron para escribir cartas personales, pues los documentos públicos, como las demandas, juicios, testamentos y otros, eran redactados y escritos por notarios, que utilizaban fórmulas rigurosamente establecidas en el léxico administrativo y legal.

Un primer aprendizaje importante para aprender a escribir es aprender a leer y además tener acceso a buenas lecturas. En la sociedad colonial eran muy pocas las mujeres que podían acceder a ese aprendizaje y peor aún las que podían tener acceso a una buena literatura. Los libros entraban a nuestras colonias después de un largo y complejo proceso de selección que el Estado y la Iglesia hacían para permitir su ingreso. La Inquisición tuvo un papel preponderante en la persecución de los libros prohibidos por la Iglesia y de sus distribuidores y lectores y sabemos que las mujeres no estuvieron exentas de esta persecución.

Es importante señalar aquí, cómo en las listas de personas denunciadas a la Inquisición por leer libros prohibidos, encontramos varias mujeres. Esto muestra que hubo una actividad subrepticia de mujeres ilustradas que leían obras prohibidas por la Iglesia, en un afán de aprehender nuevas ideas, y en ejercicio de una libertad de la que no disponían legalmente, lo que constituye también un indicativo de que tenían una actitud crítica frente a la Iglesia, pues arriesgaban su propia vida y sus bienes al tener acceso a dichas lecturas.

Algunas de esas mujeres denunciadas en el virreinato del Perú fueron: Faustina Velarde por ser crítica de la religión (1811); Josefa Sarmiento, por críticas a los sacerdotes (1817). Otras mujeres que mencionamos a continuación, señoras de destacadas familias, fueron denunciadas por haber leído las cartas de Eloisa y Abelardo, "El Arte de Amar" de Ovidio, el Sofhá de Crebillon, etc. Son ellas: Isabel de Orbea, literata limeña, (1790); la condesa de Fuente-González, denunciada por su propio médico (1790); Mercedes, la Comediante, la baronesa de Nordenflicht y María Dolores Blanco (1803); Mariana de Orbegozo, María Candelaria Palomeque, Mercedes Arnao, (1807); Rosa Román de Carcelén, Rosa Cortés de Mendiburu, Rosa Morales (1809), Carmen Oruna de 24 años, (1817); Ana Daza, del Alto Perú (1818); la marquesa de Castrillón (1819), Lucía Delgado (1820).

La mayoría de las mujeres que dejaron escritos, en aquella época, se dedicaron al género de la literatura mística, generalmente, aconsejadas por sus curas confesores, pues en el fondo se trataba de una empresa publicitaria muy bien montada por la iglesia, en la que aprovechaban la fuerza y la pasión de algunas mujeres que descargaban en la fe y en la religiosidad todas las energías del espíritu.

Este tipo de literatura limitaba la verdadera expresión de las mujeres y las reducía a hablar de sentimientos y emociones provocados por el misticismo e influenciados por la fanática y estrecha educación religiosa, además de pasar por la censura del director espiritual y de algunos otros miembros de la comunidad religiosa. Sin embargo, al leer con detenimiento las descripciones que nos hacen del amor a Cristo o de las visiones celestiales o de sus convicciones religiosas, descubrimos una fuerza pasional tan intensa como la intensidad misma de la represión de su afectividad, de su sensualidad y de su sexualidad. De tal forma que podemos asegurar que las mujeres, a través de la literatura mística pudieron desfogar toda la fuerza de su pasión amorosa retenida, enmascarándola en el éxtasis de la religiosidad.

Escuchemos, por ejemplo, a Santa Teresa de Jesús, refiriéndose al amor a Dios que debe sentir una religiosa:

"Pues vengamos con el Espíritu Santo, a hablar de estas moradas, adonde el alma ya queda herida del amor del Esposo y procura más lugar para estar sola y quitar todo lo que puede, conforme a su estado, que la puede estorbar de esta soledad. Está tan esculpida en el alma aquella vista que, todo su deseo es tornarla a gozar. ...Ya el alma bien determinada queda a no tomar otro esposo; más el Esposo no mira a los grandes deseos que tiene de que se haga ya el desposorio, que aún quiere que lo desee más y que le cueste algo, bien que es el mayor de los bienes." Y continúa: "Y así veréis lo que hace Su Majestad para concluir este desposorio, que entiendo yo debe ser cuando da arrobamientos que la sacan de sus sentidos: porque si estando en ellos se viese tan cerca de esta gran Majestad, no era posible por ventura, quedar con vida. Entiéndese arrobamientos que lo sean y no flaquezas de mujer, por acá tenemos, que todo nos parece arrobamiento y éxtasis."

Otro escrito más modesto de Sor Catalina de Jesús María Herrera, monja dominica de la Audiencia de Quito, quien dejó también algunos escritos, entre ellos su autobiografía y algunos poemas, nos dan índices de la fuerza de estos sentimientos amorosos y evidentemente eróticos, que se catapultan camuflados a través de la literatura religiosa:

Adorada Hostia divina.
nieve ardiente en tal Deidad, deja, deja que obsequiosa
te sacrifique amorosa alma, vida y libertad.

Fulmina en mi pecho el fuego para amar tu gran Deidad.
Cese, cese tanta injuria que mi alma te presiona
con tanta culpa mortal.

El corazón tengo herido de una gran inflamación
Cierto que no se por qué se ha esmerado mi Señor.
A su amante dueño que ausente le ve
pensando que sola esta a su querer.

En la soledad busqué a mi querido
y lo divisé allá muy metido
por unos resquicios hacia lo escondido
donde los amantes viven más unidos
con estrechos lazos en vínculo unidos.
Yo me penetré hasta verme en su propio nido.

"Oh, amor! Que tirano te has mostrado en este grado,
donde padece el alma sin cesar un vivo incendio,
sin dejar un instante de penar en un tormento,
que la quema, la abrasa aqueste fuego
que amor tirano le causó en el pecho.

Una de las constataciones de estas lecturas que permiten los textos escritos por mujeres religiosas es la forma no voluntaria en que asumieron la tarea de escribir. Todas lo hicieron como un mandato, casi como una obligación impuesta por sus curas confesores. Así, encontramos que, Santa Teresa de Jesús empieza el prólogo de su libro "Las moradas del castillo interior", con una frase que la coloca a la defensiva de quienes, seguramente, podrían criticarla:

"Pocas cosas que me ha mandado la obediencia se me han hecho tan dificultosas como escribir ahora cosas de oración: lo uno porque no me parece me da el Señor espíritu para hacerlo, ni deseo; lo otro por tener la cabeza tres meses ha con un ruido y flaqueza tan grande, que aún los negocios forzosos escribo con pena".

Y más adelante ratifica con la misma vehemencia la difícil situación en la que se halla al tener que escribir sobre temas religiosos que ella considera destinados a personas doctas y sobre los cuales se considera impreparada:

"Bien creo he de saber decir poco más que lo que he dicho en otras cosas que me han mandado escribir, antes temo que han de ser casi todas las mismas, porque así como los pájaros que enseñan a hablar no saben más de lo que les muestran u oyen, y esto repiten muchas veces, como yo al pie de la letra. ...Y así comienzo a cumplir hoy, día de la Santísima Trinidad, año de MDLXXVII, en este monasterio de San Josef del Carmen en Toledo, adonde al presente estoy, sujetándome en todo lo que dijere a el parecer de quien lo manda escribir, que son personas de grandes letras" Las personas a las que se refiere en el texto eran sus confesores el padre Jerónimo Ceracián y el padre Velázquez.

De igual modo, la monja quiteña Sor Catalina de Jesús María Herrera también escribió una autobiografía y varios poemas. Ella había leído los escritos de Santa Teresa y al decir del padre José María Vargas: "Uno de sus confesores, conocedor de la vida extraordinaria de su dirigida, le ordenó que escribiese su autobiografía. A pesar de su repugnancia y en aras de la obediencia, escribió la primera vez en 1747 cuando era maestra de novicias."



LAS CONCEPCIONES DE GÉNERO TRAVES DE LA LITERATURA

Partiendo de los ancestrales prejuicios que la Iglesia manejaba respecto de la mujer y que propagandizaba día a día, a través de sus “pastores”, en la cotidiana misa y en los demás servicios religiosos, en la enseñanza de la catequesis y en la escuela, podemos definir un estereotipo de mujer que reuniría las siguientes “cualidades femeninas”: ser sumisa, obediente, callada, diligente; combatir su curiosidad natural, que la podía conducir al pecado. Debía estar siempre ocupada en labores manuales y domésticas, porque el ocio la podía conducir a pensamientos y deseos pecaminosos. Tenía que ser comprensiva y tolerar las infidelidades de su marido, prerrogativa solo del hombre. Pero su cualidad más importante era la de ser virgen, cualidad física, que ella debía cuidar, por sobre todas las cosas, pues era el objeto más preciado para el hombre y su credencial para un buen matrimonio.

Tres opciones concretas tenía la mujer en la colonia, ser madre, ser monja o ser libertina. La mujer soltera no tenía un espacio propio ni independiente. Solo podía sobrevivir dependiendo de la casa familiar hasta su muerte, convirtiéndose en la servidora abnegada de otros miembros de la familia o recluyéndose en un convento.

La literatura nos facilita una de las pocas fuentes existentes para asomarnos a las concepciones, que sobre la mujer, se tenían en aquella época. Un romance tradicional que llegó de España a América y se difundió por estas tierras es fiel reflejo de aquellas concepciones:

Me dio el amor cierto indicio, con ello me dio a entender
bonito es tener mujer, siendo la mujer de juicio.
De juicio quiere decir que sea la mujer discreta,
con condición y que sepa de un yerro se corregir;
porque la mujer se entrega sin luz y sin fundamento;
desto fue lo que en un tiempo “me dio el amor cierto indicio”.

... Aunque entender es bastante si la mujer es traidora,
y si es escamisadora, ni el demonio que la aguante;
hay que verla bien vestía y aguantarle picardía,
y hay que darle de comer, y con todo eso hay quien diga:
“bonito es tener mujer”.

Querer mujer con esmero, yo a ninguno le aconsejo,
pero sí yo le diría no le deje ni pellejo
a punta de darle cuero, y si hubiera un majadero
que no tuviere que hacer y se ponga a mantener
esa prenda sin valor
yo le aconsejo muy bien no la deje sin oficio:
bonito es tener mujer “siendo la mujer de juicio”.

Como lo expresa el poema, están requeridas aquí algunas de las cualidades exigidas a la mujer: “ser discreta”, que en el lenguaje cifrado, quería decir más: ser silenciosa, mantenerse callada, no opinar, no discutir. “Con condición de que sepa de un yerro se corregir”, que suena más a asumir una postura de menor de edad, que se reconoce inferior e ignorante.

Redondea la imagen de una buena mujer “no ser traidora ni escamisadora”, pues son dos defectos femeninos específicos dentro de la ideología patriarcal, el primero de los cuales se combate con la fidelidad y el servilismo a ultranza y, el segundo, con el ahorro y el sacrificio. El hombre se quejaba de mantener económicamente a la mujer, sin caer en cuenta que era la sociedad la que negaba a las mujeres de las clases terratenientes el derecho al trabajo remunerado y que había consagrado la obligación de que el esposo asumiera la manutención de su mujer y su familia. Otro mensaje implícito es el de que la mujer no debe ser apasionada ni sincera, para no caer en la situación que ilustra el poema: “la mujer se entrega sin luz y sin fundamento”. Se habla también de los derechos absolutos que tenía el cónyuge sobre su esposa y su prole. Uno de aquellos derechos consistía en reprender o castigar a la mujer como a uno más de sus hijos, cosa que era bastante común en la sociedad colonial. De padres a hijos se enseñaba la importancia del castigo a la mujer para impedir su insubordinación.

Una mujer no debía mostrar inteligencia, porque corría el peligro de no casarse, ya que a ningún hombre le gustaban las mujeres “sabidas” y preferían las ingenuas e inocentes. La esposa debía aprender a aceptar, de boca para afuera, todo lo que dijese y ordenase su marido. Con el tiempo, aprendería el sutil sistema de decir que si, mientras hacía lo contrario. Otro comportamiento patriarcal de las mujeres fue el de establecer vínculos amorosos muy estrechos con los hijos y dejar al esposo la tarea de reprenderlos y castigarlos, pues esto afianzaba la imagen todopoderosa del pater familias. Este amor maternal era -en la mayoría de las madres- enfermizo, por la exagerada posesividad y sobre-protección que ellas ejercían sobre sus hijos, convirtiéndolos, las más de las veces, en seres inseguros, irresponsables y dependientes, aunque tampoco faltaron las madres que volcaron en sus hijos el ansia de trascender, tratando de superar sus propias limitaciones y se convirtieron en las forjadoras de los grandes hombres.

Como a las mujeres les estaba negada la instrucción, la lectura, el acceso a las ciencias, desarrollaron lo único que tenían a su alcance: la intuición. Por esta razón siempre fueron tildadas de “extrañas”, de tener tendencias a lo sobrenatural, a lo esotérico, a lo sensible, a lo empírico, cuando no de ser brujas. Ciertamente, esta capacidad de percepción natural de las mujeres les permitió sobrevivir en una sociedad tan poco equilibrada y en medio de una represión tan aguda como la que debieron soportar, represión que tuvo la finalidad de impedir que la mujer asumiera una identidad propia y una participación activa en la sociedad, en términos de igualdad, y que contribuyó a que la mujer interiorizase un profundo sentimiento de inferioridad, asumido y aceptado mayoritariamente como parte de una fatalidad biológica.

Un poema escrito por Pedro Felipe Valencia (1774-1816), prócer y mártir de la independencia colombiana, y dirigido a una dama santafereña, muestra que, entonces, ya había expectativas de cambio con relación a la situación de las mujeres e ironiza esos anhelos:

REDONDILLAS

Me han dicho, bella Marciana, que casi has perdido el seso
porque dije en un impreso: la mujer no es ciudadana.

Si me aborreces de muerte porque te quité ese nombre,
con los derechos del hombre voy ahora a satisfacerte.

Se requiere voz activa para cualquier asamblea,
y Amor ordenó que sea la mujer siempre pasiva.

Los ciudadanos suspiran solo por la libertad:
tú robas la libertad de todos los que te miran.

Ni conoces la igualdad cuando un hombre se te humilla,
y te dobla la rodilla como a una divinidad.

Cierto es que eres elegible y que muchos te eligieran,
si con certeza supieran hallar tu pecho sensible.

Mas también es fuerza elija tu voz en el tropel vario
un público funcionario que te ampare y que te rija.

...No eres libre, y aun por eso haces que uno se reporte
presentándote la corte sin pronunciarse el congreso.

...Sepan las bellas mujeres, de este país ornamento,
que la igualdad es un cuento en el reino de Citeres.

...El republicano anhelo es ser, como el aire, exento
de extranjero mandamiento o de opresión en su suelo.

...Así, pues, preciosos seres,dejad cualidades vanas,
y sed nuestras soberanas, ciudadanas de Citeres.

En este poema están pintadas con trazos nítidos las concepciones coloniales sobre las mujeres. Como puede desprenderse de la simple lectura del poema, se señalan las supuestas características de las mujeres, que en realidad son efectos de la represiva ideología impuesta sobre ellas: ser pasivas y posesivas, estar dominadas más por el corazón que por el cerebro, ser criaturas decorativas, etc.

Finalmente, el autor califica como “cualidades vanas”, los anhelos de las mujeres de sacudirse de su estado de minusvalía social, haciéndolos aparecer como contrarios a la lucha contra la opresión. Algo parecido a lo que ocurrió siempre en todos los procesos revolucionarios, cuando se aceptó la lucha y el sacrificio de las mujeres, pero solo hasta el momento en que ellas demandaban reivindicaciones como género, entonces se las obligaba a volver a sus tareas de siempre, las que “la divinidad” había determinado desde el principio de los tiempos. Un ejemplo de ello fue lo que ocurrió con Olimpes de Gouges, revolucionaria y luchadora incansable por los Derechos de las Mujeres, que fue guillotinada por sus propios compañeros, en medio de la Revolución francesa, acusada de haber olvidado sus deberes como mujer.

Pero la larga noche medieval y colonial dio paso a un nuevo día y las mujeres de todos los rincones empezaron a luchar por acceder a la palabra oral, a la palabra escrita y aunque eso les causó dolores, soledad, repudio, señalamiento, exclusión, la palabra de las mujeres no ha dejado de crecer y empieza a recorrer el mundo, a dejarse escuchar en foros y reuniones, en el ámbito público y en el privado, en las editoriales y en las nuevas trincheras de la tecnología virtual, para lanzar al mundo su grito de dignidad que señala que estamos aquí, recuperando nuestra historia, recuperando nuestros saberes, recuperando nuestro espacio vital como artífices y creadoras, como pensadoras y soñadoras, como luchadoras de todas las épocas, de todas las batallas, como sobrevivientes de todas las persecuciones, postergaciones, infamias.